Control de roedores como pilar fundamental de la bioseguridad avícola
El control efectivo de roedores constituye uno de los pilares más críticos dentro de cualquier programa de bioseguridad en la industria avícola moderna. Estos animales no son solo una plaga molesta, sino vectores biológicos de alta peligrosidad capaces de portar y transmitir patógenos devastadores como la Salmonella, la Leptospira y diversas cepas de influenza aviar. La sola presencia de ratas y ratones en las inmediaciones de los galpones rompe la barrera sanitaria, ya que su capacidad de desplazamiento facilita la entrada de microorganismos desde el exterior hacia el interior de las unidades de producción, comprometiendo la salud de todo el lote.
Más allá del riesgo sanitario directo, los roedores impactan severamente la rentabilidad de las granjas a través del consumo y la contaminación de los piensos. Se estima que un solo ejemplar puede consumir grandes cantidades de alimento anualmente, pero el daño real es exponencialmente mayor debido a la cantidad de raciones que desecha al contaminarlas con orina, heces y pelos. Esta degradación de la materia prima no solo genera pérdidas económicas directas, sino que altera la conversión alimenticia y puede provocar cuadros de intoxicación o rechazo del alimento por parte de las aves, afectando su desarrollo y productividad.
El daño estructural es otro factor que vincula el control de plagas con la estabilidad operativa de la bioseguridad. Los roedores poseen una necesidad biológica de roer materiales duros, lo que suele derivar en la destrucción de sistemas de aislamiento térmico, tuberías de agua y, de manera más alarmante, el cableado eléctrico de los sistemas automatizados de ventilación y alimentación. Un fallo eléctrico provocado por este motivo puede causar desastres térmicos o asfixia en minutos, demostrando que la bioseguridad también depende de la integridad física de las instalaciones que protegen a los animales.
Para que un programa de control sea exitoso, debe implementarse un enfoque de Manejo Integrado de Plagas que combine la exclusión física con el monitoreo constante. Esto implica el sellado de grietas, el mantenimiento de perímetros limpios de maleza y la disposición estratégica de estaciones de cebado que actúen como cordones sanitarios. La bioseguridad no es un evento aislado, sino una cultura de prevención donde la vigilancia sobre los puntos críticos de entrada de roedores permite anticiparse a brotes infecciosos, garantizando que el entorno de las aves se mantenga libre de amenazas externas.
Finalmente, la integración de estas medidas asegura la inocuidad alimentaria desde la granja hasta la mesa del consumidor, cumpliendo con los estándares internacionales exigidos por el sector agroindustrial. La inversión en rodenticidas de alta calidad y en infraestructura a prueba de plagas es, en última instancia, una inversión en la salud pública y en la continuidad del negocio. La bioseguridad avícola no puede considerarse completa si existe una brecha abierta para los roedores; cerrarla es responsabilidad directa de una gestión técnica rigurosa y comprometida con la excelencia productiva.
Fuente: Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), Manual de Bioseguridad en la Producción Avícola, 2024.

